Por Eduardo Anguita
Rafael Ianover prestó testimonio durante cuatro horas en la fiscalía de La Plata por el caso de Papel Prensa. Allí, expuso esa historia demencial que le tocó vivir en noviembre de 1976. Simple, como restándose protagonismo, cuenta su situación ante la venta del paquete accionario efectuada a la firma constituida por los diarios Clarín, La Razón y La Nación: “La venta fue efectuada el 2 de noviembre, pero como casi todos nosotros sabíamos que íbamos a ser detenidos estábamos presionados en una forma muy especial, porque sabíamos que ya había detenidos-desaparecidos y temíamos que nos ocurriera lo mismo; entonces realmente nos decidimos a vender”.
–¿Usted decidió vender sus acciones?
–No, yo no estaba decidido. Los verdaderos dueños del paquete accionario resolvieron vender. Y yo, teniendo un paquete determinado de acciones a mi nombre, tuve que firmar también. Por consiguiente, firmamos el convenio de venta presionados por la situación política imperante en aquel momento.
–Más allá de esa presión, ¿se trató de una venta comercial normal como sucede en el mundo capitalista?
–De ninguna manera. Hay tres razones fundamentales. En primer lugar, yo firmé el convenio de venta por temor, casi sin leerlo. Segundo, en ese momento desconocía cuál era el precio de venta y las condiciones en que se debía pagar el precio de venta. Y, por último, no me dieron una copia del convenio; lo cual es sumamente irregular en un negocio de esa envergadura.
–Esas tres condiciones son pruebas evidentes de que no se trató de una venta en el sentido tradicional del término. ¿Cómo podría calificar, desde el mundo empresarial, esta operación?
–Yo diría que fue una venta irregular. Muy irregular, por no calificarla de otra manera. Preferiría guardarme para mí el concepto que yo tenía y que tengo respecto de los compradores. Tengo para mí que no hace falta abundar en detalles, ¿no?
Hace una pausa, Rafael Ianover. El coraje y la decencia de este hombre de 85 años producen un respeto que se pelea con la manía inquisitiva del periodismo. Sus pausas hablan de ese coraje, de esa decencia. Sus pausas son más que respuestas a las preguntas importantes para todos los demás. Una, básicamente, que engloba a todas: ¿Por qué? Las pausas de Ianover, además, ayudan a la reflexión.
Cuenta su hijo, Alejandro, que cuando Rafael recuperó la libertad quiso volver a su trabajo, a la pequeña empresa cerealera que tenía, a su oficina en la avenida Alem, con diez empleados.
–¿Qué pasó cuando después de haber vivido este calvario en plena dictadura, quiso recuperar su actividad profesional?
–Mi señora me informó que había sido arbitrariamente expulsado de la Bolsa de Cereales, violando los estatutos que decían que se puede expulsar a un socio únicamente cuando comete un delito, es juzgado y tiene una sentencia firme. Yo no fui acusado de ningún delito, no fui juzgado ni tenía ninguna sentencia. Lo único que podrían haber hecho es suspenderme. Pero estaba expulsado. Me entrevisté con el presidente de la Bolsa y le comenté el error que cometían violando los estatutos. Exigí la reincorporación y el reconocimiento de la antigüedad. Me habían expulsado un día después del anuncio de Videla por radio y televisión de mi detención y mi inclusión en el acta de responsabilidad institucional. Ante mi reclamo, en una semana estaba reincorporado. Eso se dio en un ambiente donde los negocios se hacen primero de palabra y después se envía el contrato. Esa palabra de ninguna manera se puede violar porque si no la Cámara Arbitral de la Bolsa sanciona al que viola su palabra.
–¿Cómo era su vida cotidiana?
–Después de dieciséis meses de detención y un año de libertad vigilada por la cual no podía salir del ámbito de la Capital Federal, no me animaba a cruzar la General Paz. Vivía pensando que si ocurría cualquier cosa me iban a detener de nuevo. Y, de esa manera, al no poder visitar a mis antiguos clientes los fui perdiendo. De una manera absolutamente lógica, esos clientes empezaron a trabajar con otros agentes de Bolsa. Tenía que recuperar la confianza de los demás, y tenía que recuperar la confianza en mí mismo. Pero no era tan fácil. Si bien expliqué todo lo que me había ocurrido, y si bien todos comprendieron mi situación, los compromisos que asume un cliente con otros agentes de Bolsa se respetan. De manera que reiniciar la actividad que yo desarrollaba se tornó muy dificultoso. Y la situación económica de la familia se complicó. Había perdido la empresa porque tenía un empleado habilitado que la liquidó despidiendo a los diez empleados. Los indemnizó con mi dinero, el capital que tenía, y después los tomó sin antigüedad en otra empresa. Al volver, entonces, estaba solo y sin dinero. Fue un momento muy duro. Duro y difícil. Era casi imposible sobrellevar una situación como ésa. Pero aquí estoy, tratando de continuar, después de tantos años.
La dignidad de Rafael Ianover es tan notable como su buen uso de las palabras. Trasmite su vivencia –de una enorme carga emocional para el que la escucha– utilizando un tono amable, sin pretensiones, para que cada uno califique lo que escucha, para que sirva también de enseñanza a otros de lo que significan ciertas ambiciones humanas. Porque detrás de la apropiación –una palabra que no usa Ianover públicamente, una prueba más de su proverbial dignidad– de la que fue víctima, están esas ambiciones humanas que si los sistemas políticos no contienen o no castigan se convertirán exactamente en lo más peligroso que tiene el ser humano. Y así lo dice Ianover: “Lo que manifiesto en estos momentos espero y deseo que sirva de ejemplo para que jamás vuelvan a ocurrir cosas como éstas”. Simple.
–¿Qué siente una persona como usted después de todo esto que vivió? ¿Cómo es sentarse frente a un grupo de fiscales que están trabajando desde hace mucho tiempo en la investigación de delitos que ellos califican de lesa humanidad, de delitos de terrorismo de Estado, de delitos que no prescriben? ¿Le hace bien, le hace mal, pudo digerir lo ocurrido?
–Le confieso sinceramente que mi máxima preocupación es que se sepa la verdad. Siempre he buscado de alguna manera que se diga la absoluta verdad de lo que viví y por qué lo viví así. De manera que confío en que la Justicia calificará esto que pasó como corresponde. No soy yo quien lo tiene que hacer, pero de cualquier manera sentí la satisfacción de decir y de comentar mi verdad. Estoy muy tranquilo, porque pienso que esta investigación va a determinar que las nuevas generaciones, las que no saben lo que ocurrió durante la dictadura, en realidad comprendan cómo se vivió esa época de manera tal que nunca más vuelva a ocurrir una cosa como ésa.
–No, yo no estaba decidido. Los verdaderos dueños del paquete accionario resolvieron vender. Y yo, teniendo un paquete determinado de acciones a mi nombre, tuve que firmar también. Por consiguiente, firmamos el convenio de venta presionados por la situación política imperante en aquel momento.
–Más allá de esa presión, ¿se trató de una venta comercial normal como sucede en el mundo capitalista?
–De ninguna manera. Hay tres razones fundamentales. En primer lugar, yo firmé el convenio de venta por temor, casi sin leerlo. Segundo, en ese momento desconocía cuál era el precio de venta y las condiciones en que se debía pagar el precio de venta. Y, por último, no me dieron una copia del convenio; lo cual es sumamente irregular en un negocio de esa envergadura.
–Esas tres condiciones son pruebas evidentes de que no se trató de una venta en el sentido tradicional del término. ¿Cómo podría calificar, desde el mundo empresarial, esta operación?
–Yo diría que fue una venta irregular. Muy irregular, por no calificarla de otra manera. Preferiría guardarme para mí el concepto que yo tenía y que tengo respecto de los compradores. Tengo para mí que no hace falta abundar en detalles, ¿no?
Hace una pausa, Rafael Ianover. El coraje y la decencia de este hombre de 85 años producen un respeto que se pelea con la manía inquisitiva del periodismo. Sus pausas hablan de ese coraje, de esa decencia. Sus pausas son más que respuestas a las preguntas importantes para todos los demás. Una, básicamente, que engloba a todas: ¿Por qué? Las pausas de Ianover, además, ayudan a la reflexión.
Cuenta su hijo, Alejandro, que cuando Rafael recuperó la libertad quiso volver a su trabajo, a la pequeña empresa cerealera que tenía, a su oficina en la avenida Alem, con diez empleados.
–¿Qué pasó cuando después de haber vivido este calvario en plena dictadura, quiso recuperar su actividad profesional?
–Mi señora me informó que había sido arbitrariamente expulsado de la Bolsa de Cereales, violando los estatutos que decían que se puede expulsar a un socio únicamente cuando comete un delito, es juzgado y tiene una sentencia firme. Yo no fui acusado de ningún delito, no fui juzgado ni tenía ninguna sentencia. Lo único que podrían haber hecho es suspenderme. Pero estaba expulsado. Me entrevisté con el presidente de la Bolsa y le comenté el error que cometían violando los estatutos. Exigí la reincorporación y el reconocimiento de la antigüedad. Me habían expulsado un día después del anuncio de Videla por radio y televisión de mi detención y mi inclusión en el acta de responsabilidad institucional. Ante mi reclamo, en una semana estaba reincorporado. Eso se dio en un ambiente donde los negocios se hacen primero de palabra y después se envía el contrato. Esa palabra de ninguna manera se puede violar porque si no la Cámara Arbitral de la Bolsa sanciona al que viola su palabra.
–¿Cómo era su vida cotidiana?
–Después de dieciséis meses de detención y un año de libertad vigilada por la cual no podía salir del ámbito de la Capital Federal, no me animaba a cruzar la General Paz. Vivía pensando que si ocurría cualquier cosa me iban a detener de nuevo. Y, de esa manera, al no poder visitar a mis antiguos clientes los fui perdiendo. De una manera absolutamente lógica, esos clientes empezaron a trabajar con otros agentes de Bolsa. Tenía que recuperar la confianza de los demás, y tenía que recuperar la confianza en mí mismo. Pero no era tan fácil. Si bien expliqué todo lo que me había ocurrido, y si bien todos comprendieron mi situación, los compromisos que asume un cliente con otros agentes de Bolsa se respetan. De manera que reiniciar la actividad que yo desarrollaba se tornó muy dificultoso. Y la situación económica de la familia se complicó. Había perdido la empresa porque tenía un empleado habilitado que la liquidó despidiendo a los diez empleados. Los indemnizó con mi dinero, el capital que tenía, y después los tomó sin antigüedad en otra empresa. Al volver, entonces, estaba solo y sin dinero. Fue un momento muy duro. Duro y difícil. Era casi imposible sobrellevar una situación como ésa. Pero aquí estoy, tratando de continuar, después de tantos años.
La dignidad de Rafael Ianover es tan notable como su buen uso de las palabras. Trasmite su vivencia –de una enorme carga emocional para el que la escucha– utilizando un tono amable, sin pretensiones, para que cada uno califique lo que escucha, para que sirva también de enseñanza a otros de lo que significan ciertas ambiciones humanas. Porque detrás de la apropiación –una palabra que no usa Ianover públicamente, una prueba más de su proverbial dignidad– de la que fue víctima, están esas ambiciones humanas que si los sistemas políticos no contienen o no castigan se convertirán exactamente en lo más peligroso que tiene el ser humano. Y así lo dice Ianover: “Lo que manifiesto en estos momentos espero y deseo que sirva de ejemplo para que jamás vuelvan a ocurrir cosas como éstas”. Simple.
–¿Qué siente una persona como usted después de todo esto que vivió? ¿Cómo es sentarse frente a un grupo de fiscales que están trabajando desde hace mucho tiempo en la investigación de delitos que ellos califican de lesa humanidad, de delitos de terrorismo de Estado, de delitos que no prescriben? ¿Le hace bien, le hace mal, pudo digerir lo ocurrido?
–Le confieso sinceramente que mi máxima preocupación es que se sepa la verdad. Siempre he buscado de alguna manera que se diga la absoluta verdad de lo que viví y por qué lo viví así. De manera que confío en que la Justicia calificará esto que pasó como corresponde. No soy yo quien lo tiene que hacer, pero de cualquier manera sentí la satisfacción de decir y de comentar mi verdad. Estoy muy tranquilo, porque pienso que esta investigación va a determinar que las nuevas generaciones, las que no saben lo que ocurrió durante la dictadura, en realidad comprendan cómo se vivió esa época de manera tal que nunca más vuelva a ocurrir una cosa como ésa.
Fuente: Miradas al Sur
